Lluviosa realidad.

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Las luciérnagas iluminan la calle y los cristalitos líquidos caen del cielo mientras ubico a la distancia el autobús que me lleva a la estación central. Por suerte, pasa en un minuto y así dejo de sentir el  helado viento en mi cara.  Son las 7. 20 a.m. y las luciérnagas pasan veloces. En el autobús veo muchas caritas cansadas de estudiantes que, como yo, seguramente quisieran seguir en la cama refugiados bajo las cobijas. Un estudiante en calidad de zombie sube al autobús, va medio dormido y se resbala. Desganado se para y se va a sentar aventando su mochila. Creo que soy la única que lo nota. Todos van soñando con algo diferente.  No hay cobijas en el autobús, qué pena. Podríamos todos soñar más a gusto.

El viaje dura poco, llegamos a la estación y me dirijo a comprar un café para despertar por completo a las neuronas que siguen inactivas en mi cerebro. Y así, entre café, sueños y realidad, comienza otro día para la gente de Amsterdam.

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