Límpiate esas manos.

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A ti no te debo una sonrisa, ni te ofrezco una disculpa por las  miradas de asco que te dirigí  en el tren que compartimos el fin de semana pasado.

Tú y tus amigos habían pasado una tarde muy divertida en algún bar. El volumen de su voz, la estupidez de sus comentarios  y sus ojos rojos como tomates me lo dejaron muy en claro. Yo también había pasado una tarde increíble con amigos. Lejos de Amsterdam, tuve que interrumpir las risas compartidas en la mesa para tomar mi tren y dirigirme a mi casa. Desde la estación sabía que el tren iría lleno de gente deseosa de fiesta, borrachitos y personajes. Me senté con la esperanza de que nadie si sentara junto a mí. Y, de hacerlo, deseaba que fuera algún borracho  muerto de cansancio sin deseos de entablar conversación alguna y que, como bulto, se dedicará solo a contonearse durante el trayecto. El tren estaba a punto de partir así que  yo celebraba en silencio mi gran triunfo: viajaría sin compartir los asientos a mi alrededor. Pero de pronto, tus carcajadas y las de tus amigos se oían cada vez más cerca de mí. Torpemente se sentaron junto a mí y azotaron sus mochilas. Tú te sentaste frente a mí con esas papas fritas  bañadas  en mayonesa que te comías desesperadamente mientras  hacías chistes y analizabas las personalidades de tus amigos y de los pasajeros.  Intentabas saber si serían  personas auditivas, visuales o kinestésicas.  Tú eras el líder de la conversación. El que lanzaba las preguntas mientras se engullía papas fritas bañadas en mayonesa y se chupaba los dedos sin reparo alguno.  Mientras más avanzabamos, más subía el tono de  tu voz  y  tus dedos se movían como ramitas blancas, que chorreaban mayonesa. Me daban unas ganas impresionantes de gritarte: ”cállate, y límpiate esas manos”. Pero cerré los ojos para dejar de verte y tu amiga te preguntó de repente ¿quieres una servilleta?  Por fin te limpiaste las manos.  Le agradecí en silencio que te diera esa servilleta. MIentras tú seguías analizando a los pasajeros, yo me acercaba a mi destino, aliviada y feliz de despedirme de ti.

Debo decirte que, de haberte conocido en otras condiciones y tú con las manos sin escurrir mayonesa, me habría resultado interesante escuchar tus teorías.  Recuerda que el tren es un espacio público y que hay  siempre hay gente que está observando  y escuchando . Personas, que, como yo, agradecen no viajar al lado de un sujeto comiendo como si fuera Juan, el Sucio.  Si no conoces ese minirelato, aquí te lo comparto:

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A un niño le decían “Juan el Sucio” porque dejaba todo fuera de su lugar y metía los dedos a la mermelada. Un día el Hada Ordenada entró a su cuarto y le dijo: “Voy a arreglarlo; mientras, ve al jardín”. Ahí halló a un cerdito que lo saludó: “¡Hermano!”. “No soy tu hermano” contestó Juan. “¡Claro que sí! Mírate las manos y la ropa. Ven al lodo a jugar conmigo” le propuso. “¡No!”, dijo Juan. Entonces llegó el Hada: “Tu cuarto está limpio, así debes estar tú desde ahora. ¿Quieres ir con el cerdito o venir conmigo?” “¡Contigo!” gritó Juan, y se fue volando con ella.

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